ESTÉTICA DEL RESIDUO: EL PROCESO DE GENTRIFICACIÓN DE EL CARTUCHO EN BOGOTÁ

Por Carol Contreras-Suárez

“Al fondo, allá abajo, la ciudad parpadeaba y comprendía. Bogotá, ciudad flamen entregada al culto de un dios desconocido… Bogotá, ciudad nictálope envenenada de sombras y tinieblas que convierten cada casa en un burdel, cada parque en un cementerio, cada ciudadano en un cadáver aferrado a la vida con desesperación… Bogotá, clítoris monstruoso que te desangras en las bienaventuranzas de tu extraño y promiscuo delirio… Bogotá, ciudad de vesánicos y mendigos destruidos por las caricias de un suplicio terebrante, horda de despojos humanos que son la promesa de una hecatombe… Bogotá, rostro de la infamia…”

Mario Mendoza.

En 1998 el Decreto 880 le dio facultades a la Administración Distrital de Bogotá para ejecutar el proyecto de renovación urbana del sector comprendido entre los barrios San Bernardo y Santa Inés, además de la construcción del Parque Tercer Milenio. Con el parque se buscaba acabar “el prolongado deterioro de las condiciones urbanas y de calidad de vida de los habitantes de un sector estratégicamente ubicado en la ciudad, mediante un esfuerzo coordinado para ofrecer alternativas viables para los diferentes grupos sociales que allá residían, no sólo para su reubicación, sino también para aumentar sus capacidades productivas” (“Parque Tercer Milenio”, 2007). Pero, ¿qué implicaba acabar con ese prolongado deterioro mediante la reubicación y el aumento de las capacidades productivas de la población residente en el Cartucho?

En un estrato básico, el concepto gentrificación designa un tipo de apropiación del espacio que se caracteriza, en términos de Alba Sagatal, por la “ocupación residencial de los centros urbanos por parte de las clases altas, que se trasladan a vivir a dichas zonas y desplazan así a los habitantes de menores ingresos económicos que las ocupa[ba]n”, con el fin de revalorizar territorios. Los procesos de gentrificación, en ese sentido, están íntimanmente relacionados con las políticas de modernización urbana, los planes de desarrollo de las ciudades y la productividad de las tierras. No obstante, los rezagos que quedan de ese discurso tan espacial son, justamente, los cuerpos proscritos: otrificados y desalojados de la ciudadanía.

Para el caso del Parque Tercer Milenio, los impactos del proceso de gentrificación no sugieren el mero desplazamiento de la población, ni la revalorización del territorio en la inmediata ocupación residencial del mismo por clases altas, sino un ejercicio disciplinar sustentado por un plan de habitabilidad a largo plazo, denominado Plan Centro, y -más grave aún- la paradójica producción de un cuerpo residual bajo el discurso de administración de la buena vida y la convivencia.

Memoria Evaporada

En 1994 Carlos Eduardo Rojas hizo, a mi parecer, una de las historias más completas sobre limpieza social hasta el momento. Ubicó los inicios de está práctica en Bogotá en noviembre de 1980, clasificándola en tres tipos: asesinato individual por rapto, asesinato de indigentes en los andenes durante la madrugada y masacres de grupos indeseables en las noches. Así mismo, esbozó los desarrollos de los grupos de limpieza a lo largo del territorio nacional (como “fenómeno fundamentalmente urbano”, que operaba en zonas marginales), estableció modalidades como muertos, acribillados, desmembrados y tatuados; realizó perfiles y edades de víctimas, presentó a los victimarios como aquellos que buscaban disciplinar a la sociedad, mediante la exposición y limpieza de lo “no apto”; analizó las repercusiones y concluyó que:

El fenómeno de «limpieza social», que comenzó en 1979 como una forma de «erradicación» de ladrones [delincuentes, drogadictos, recicladores, jóvenes y niños de la calle, homosexuales, prostitutas, jíbaros e indigentes, percibidos todos ellos como peligro potencial, necesariamente, nocivos para la sociedad][1], se ha transformado en una modalidad de violencia que se caracteriza no sólo por las cualidades de sus víctimas, sino también por los lugares en los que se presenta y se reproduce, por la intencionalidad y motivaciones de los victimarios, por las formas en las que se realiza y por los mecanismos empleados para su legitimación, todo lo cual le confiere un alto contenido ideológico y simbólico que trasciende lo particular del hecho para convertirse en una política de tratamiento de la marginalidad, la indigencia y la delincuencia, a la vez que de condicionamiento y control social (p. 77).

Si bien La violencia llamada limpieza social habló muy bien en cifras; cuantificando y dimensionando matemáticamente los hechos de limpieza social en el país durante el periodo comprendido entre 1979 y 1994, el trabajo tiene una falencia: la ausencia del sujeto real del que hablaba y el silencio de los espacios que reclamaban ser narrados.

En la búsqueda de esta memoria física o un cuerpo-anécdota (en términos de Reguillo, 2007), me encontré un día con un testimonio de Isidoro de la Calle en el Magazín Dominical del diario El Espectador (1997), en el que se narraba la historia del Cartucho a partir del antes y el después de la aparición de la coca y sus derivados. Isidoro dijo que antes de 1970 los habitantes de la calle eran conocidos como “gamines”, que el apelativo identificaba a niños y jóvenes (hombres) que cantaban en los buses, asistían a lucha libre los sábados, comían fritanga los domingos, robaban en el centro, consumían marihuana, mandrax, diazepan, gasolina y pipo (alcohol con colombiana); dormían en cualquier sitio y eran creativos, solidarios, leales y unidos entre sí. Dijo, también, que después del 70, con la llegada de la hoja de coca procesada, el bazuco, la base de coca, la coca, el perico, etc., empezaron a entrar a la zona personas extrañas, entre las que se contaban mujeres, niñas y ancianos (no vistos antes por ahí). Los valores que tenía la comunidad de gamines, claro, quedaron minados por el desconocimiento de los nuevos habitantes: la “gente que viene de todas partes y que no va a ningún lado” desordenando el ritmo de vida cotidiano.

Ya en los 80 fueron indigentes, recicladores, expendedores de droga, sicarios, los que ocuparon El Cartucho, quién paralelamente al crecimiento demográfico fue extendiendo sus predios. Aparecieron los grupos de limpieza social y esa población flotante que tenía como núcleo último El Cartucho, empezó a ser objeto de hostigamiento, violencia y muerte. En los 90, Policía, ONG’s y Académicos hicieron presencia, estudiaron los modos complejos de vida, la dificultad de las relaciones; ofrecieron, manipularon…, y al fin, por la gravedad del asunto, desistieron del objetivo principal que los llevó allá (De la Calle, 1997). La impunidad era ley: El Cartucho se había convertido en el mayor peligro para Bogotá, no había forma de manejarlo y había miles de residuos deambulando por la ciudad. Entonces llegó el recrudecimiento de las campañas de limpieza (1993-95), en el 99 empezó la construcción del Parque Tercer Milenio que demolió el Cartucho; rompió, suprimió y borró esos millones de residuos corporales, territoriales y memorísticos, creando un espacio habitable, controlado y disciplinado.

Metáforas de la Violencia

Como dije, durante las dos primeras décadas (80-90) en las que ubica Rojas el problema de la violencia-limpieza, los grupos de limpieza actuaban, en su mayoría, fuera de la ley; motivados y orientados por sus concepciones ideológicas sobre comportamientos deseables e indeseables, y queriendo llenar el vacío provocado por la ineficiencia estatal para cumplir con la labor reguladora de la sociedad. No obstante, a finales de la segunda década y comienzos de la tercera (95-05) quienes ejercieron la limpieza actuaron legitimados por políticas de desarrollo urbano, pero ¿por qué?

La ciudad estaba cambiando porque los alcaldes (Mockus y Peñalosa) estaban empeñados en hacer de Bogotá una urbe más bonita y productiva. Así, se regularizó lo excepcional y el discurso del desarrollo y la modernización terminó por legitimar los procesos de limpieza social, contando con la tolerancia que la ciudadanía, en general, tuvo con hechos de violencia, segregación y juzgamiento. Los grupos de limpieza, efectivamente, estaban respaldados por amplios y diversos grupos sociales, pues ayudaban a mantener la calma y el orden, mientras suprimían las identidades viciosas que habían empezado a sumir a la cuidad en un caos de constantes peligros. La limpieza aseguraba a las personas, les infundía confianza frente a lo público de nuevo. Sin embargo, la manera en que eso sucedía fue ambigua: luchando contra el miedo y el desorden, los grupos de limpieza promovían imaginarios de terror; fueros ellos los grandes abanderados en la construcción de un enemigo social, cartografiaron territorios de miedo, que simbolizaron un eje de diferenciación, fragmentación y exclusión (todos negativos), que concluyeron en el levantamiento de un régimen de poder que se estabilizó en poco tiempo, por la regulación que hacía de los cuerpos “desechables”:

Durante el último lustro en Colombia se ha generalizado el uso del concepto «desechable». Pero este se invoca no sólo para nombrar objetos que se botan luego de usar, sino también para categorizar personas. Personas cuyas vidas dejan de ser anónimas precisamente cuando son asesinadas.

La deshumanización que nos lleva a que un ser humano sea inscrito en esta categoría evidencia no sólo la tragedia de las víctimas, sino la de una sociedad que implícitamente reconoce su impotencia o su desinterés para rehabilitar (o «reutilizar») un contingente de congéneres que, al igual que los objetos, ella misma continuará produciendo para luego «desechar» (Rojas, 1994, p. 13)

En ese marco, los habitantes del Cartucho fueron cuerpos-dislocados (rotos), cuerpos-situados (torturados)[2]; silenciosos, silenciados, despolitizados. La limpieza social fue, como un modo de violencia que incluía la tortura corporal, una forma de despojar al cuerpo-víctima de su condición política en la medida en que le negaba “la posibilidad de auto-representar su diferencia”[3]. Así, mientras las muertes de políticos, altos funcionarios del estado o activistas regionales, eran noticia por la violación de derechos humanos que ejercían sobre ellos los grupos guerrilleros; los objetos de limpieza (gamines, delincuentes, homosexuales…) fueron deshumanizados y disciplinados por una Mano Negra que reorganizaba el poder de castigar: redefinía el papel de los marginados y fijaba las tarifas de las penas mediante la muerte.

Así mismo, la afirmación del proyecto de renovación urbana y la construcción del Parque Tercer Milenio sobre el Cartucho, se hizo bajo la idea de que la eliminación de esos desechos “no era un movimiento negativo, sino un esfuerzo positivo por organizar el entorno” (idea de Pavlosky, 2006).

La Disciplina mediante el Residuo

El cuerpo residual funciona, en primera instancia, como el ser abyecto de Butler, en la medida en que “Lo abyecto designa aquí precisamente aquellas zonas “invisibles”, “inhabitables” de la vida social que, sin embargo, están densamente pobladas por quienes no gozan de la jerarquía de los sujetos, pero cuya condición de vivir bajo el signo de lo “invisible” es necesaria para circunscribir la esfera de los sujetos” (20). En otras palabras, el cuerpo-residuo es el excedente que la sociedad disciplinar necesita para construir su discurso de administración de los cuerpos y los espacios productivos. Mediante la reprobación del cuerpo residual el biopoder se justifica y la “limpieza” se legitima como mecanismo de control. El cuerpo residual es asumido como delincuente y, como tal, es “[…]designado como el enemigo de todos, que todos tienen interés en perseguir, cae fuera del pacto, se descalifica como ciudadano, y surge llevando en sí como un fragmento salvaje de la naturaleza; aparece como el malvado, el monstruo, el loco quizá, el enfermo y pronto el “anormal”. Es a tal título como pasará un día a ser tema de una objetivación científica y del “tratamiento” que le es correlativo” (Foucault, 106).

Pero es en ese “tratamiento correlativo” donde el cuerpo residual se inscribe en una paradoja. Cuando la “objetivación” del residuo se apoya en una tecnología de representación que lo muestra como enemigo (delincuente, drogadicto, improductivo, feo y desvalorizado –en el caso del sector del Cartucho–) y la limpieza social se aplica sobre él; la residualidad lo convierte en un punto de fuga de ese tipo de política regularizadora, en la medida en que el dispositivo administrativo de la vida y las ciudades no puede funcionar sin el residuo. De este modo, el cuerpo residual escapa de la muerte y la eliminación, del disciplinamiento y el control, de la inmersión en el ámbito “productivo”[4]

En esa vía, cabe preguntarse ¿por qué dar cuenta de las producciones, las vulneraciones y las reacciones generadas por el proceso de gentrificación que dio lugar a la construcción del Parque Tercer Milenio en la zona del Cartucho, entre 1998 y 2995, en una interpretación crítica del actual Plan Centro de Bogotá?

Una primera aproximación me sugiere que si bien la ciudad de Bogotá ha vivido diversas transformaciones, a ritmos acelerados muchas veces, durante los últimos años, bajo el presupuesto de generar mejor calidad de vida para sus habitantes y visitantes, no se ha configurado un espacio crítico consistente de la ecología humana implicada en las políticas públicas hoy, justificada a través del control de los cuerpos y los espacios.

Ya no se trata sólo de conferir una memoria, llenando el registro de una historia que ha evaporado narrativas reprochables, confusas, incómodas (y dolorosas para muchos); se trata de restituir identidades que están siendo descalificadas como ciudadanas, cuerpos que están siendo eliminados bajo la excusa del desarrollo y el control y diferencias que son instrumentalizadas por el dispositivo administrativo.

Cuando los contenidos de un hecho se restringen con totalizaciones celebratorias y embellecedoras (como en el caso del Parque Tercer Milenio, por ejemplo), a través del discurso desarrollista en el que no hay cicatrices ni rastros que indiquen luchas (en esa idea de que el Parque terminó con el terror de la ciudad y afirmó la vida y la convivencia), es cuando más hay que desconfiar de los significados de verdad. Finalmente, si la historia se construye a partir de los triunfos, el Parque Tercer Milenio no es más que “El fin de una vergüenza”[5] que se escribe sobre los residuos, en la paradoja de la residualidad:

El consumo y la venta ilegal de drogas y la vida en la calle son fenómenos propios de las grandes ciudades del mundo, producto del desarraigo, la ruptura y violencia social y familiar. Por eso los bogotanos debemos estar alerta y defender estos logros sociales, ante el riesgo de que se reproduzcan nuevos 'cartuchos' alrededor del antiguo o en otros sitios de la capital. A las autoridades competentes les corresponde intervenir con todo el rigor de la ley, pero también con responsabilidad social y humanitaria, los sectores donde se detecte este flagelo social, antes de que se vuelva inmanejable.

A partir de este año Bogotá podrá decir que ya no tiene en sus entrañas un gueto, un infierno, en donde una vez un niño murió en la calle, acurrucado, y en dos días nadie se dio cuenta y otro de 4 años fue castrado. En su lugar hay un parque donde los niños podrán volver a serlo; los viejos podrán asolearse tranquilos en las bancas y los únicos cartuchos que quedan son las flores, como testimonio de una vergüenza con la que convivió la ciudad por cuatro décadas. (Jiménez, 2003).

Habrá que considerar que el residuo es la fase más “disfuncional” del desecho social, pero al mismo tiempo es instrumentalizado para definir los cuerpos y espacios deseables, los modos correctos de habitar las ciudades modernas, y los castigos que deben ejercerse sobre aquellos que no se dejen disciplinar.

. . .

[Epílogo]

“El diálogo empieza cuando la conversación termina”

Derrida.

Intentemos un diálogo.

Intentemos un diálogo usted y yo…

Yo desde mi mesa blanca

llena de hojas, yo, llena de letras

saltando en mi cabeza,

cristalizando imágenes, dibujándolas luego. Yo, de mi acerbo convencional; mis teorías, mis poetas y mis músicas. Sobre todo yo, de mis cuatro paredes, mis olores tranquilos, mis sabores refinados, mis dulces estados.

Ahora usted. Usted. La basura en la mano, para mí, una puerta cerrada de sí; recuerdos fantasmales, silencio para mí; cartones y bolsas sobre la nariz, una rata, una cloaca, de nuevo ( ), para mí…

Quiero des-ocuparlo, quiero politizarlo, quiero saber cómo se llama, sin técnicas de gobierno: USTED.

BIBLIOGRAFÍA

BUTLER, J. (2002), Cuerpos que importan. Buenos Aires: Paidós.

De la Calle, I. (1997, 17 de julio), “Diagnóstico de indigencia. Calle de El Cartucho”, en Magazín Dominical (diario El Espectador), núm. 737, pp. 3-4. [en línea], disponible en: http://www.eltiempo.com/laciudadjamascontada/HISTORIAS_/HISTORIAS_PRINCIPALES/ARTICULO-WEB-DESPLIEGUE_HISTORIA_PRIN-3759028.html, recuperado: 30 de noviembre de 2007.

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Focault, M. (2005), Vigilar y Castigar: nacimiento de la prisión, México, siglo Veintiuno Editores [1984].

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Mateus Guerrero, S. (1995), Limpieza social: la guerra contra la indigencia, Bogotá, Temas de Hoy.

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Richard, N. (1998), “Introducción”, en Residuos y metáforas (Ensayos de crítica cultural sobre el Chile de la Transición), Santiago, Editorial Cuarto Propio.

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[1] Aclaración nuestra que retoma los datos del cuadro No. 3 del mismo libro: Víctimas de “limpieza social” (p. 27).

[2] Terminología de Rosana Reguillo (noviembre de 2007): “El cuerpo roto es indicial, porque el poder borra las huellas de su presencia en él; deja de ser indexical, porque no hay contrarelato, argumentación, contestación que restituya la relación significante-significado. En el cuerpo roto se verifica la disputa política por establecer el indicio creíble, legitimado, cómodo”.

[3] Reguillo, R. (2007).

[4] Me gustaría pensar que, en una evolución del cuidado de sí, la productividad de los cuerpos y los placeres también está delimitada moralmente en la medida en que el dinero que se obtiene del crimen (tráfico de drogas, armas, etc.) no es considerado productivo en el caso del Cartucho.

[5] Título de un artículo publicado por Gilma Jiménez (ex directora de Bienestar Social de Bogotá y actual concejal de la bancada peñalosista) y que funciona casi como una exaltación de la labor iniciada por el alcalde Enrique Peñalosa[5] para la intervención “radical” del sector conocido como el Cartucho pues, a partir de enunciaciones afirmativas, la autora asegura que después de haber cumplido el esfuerzo por desalojar a 10.000 personas de un lugar en el que habían confluido los “peores dramas humanos” (drogadicción, asesinato, violaciones, tráfico ilegal de armas, entre otros delitos), se acababan cuarenta años de vergüenza y se restituía la dignidad de todos los bogotanos así como la de miles de personas que habían sido sacadas de una vida inhumana, “con total transparencia de lo que se iba a hacer” (Jiménez, 2003).

Comentarios

  1. superado el ataque de gallinismo provocado por la anticipaciòn de lo que todavía no se sabe si será, se le recomienda a la autora:

    - entrar en una contextualizacion de las dinámicas de constitución de "el cartucho"
    - describir y analizar las políticas públicas en torno a "el cartucho"
    - abandonar la búsqueda desesperada de "una teorìa". este craso error la llevó a pensar en esta ocasiòn que la "mano negra" disciplina - cuando en realidad extermina...

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